Nadia Porras alias Maraya Shells
 
Artista de performance

Una mañana en una tranquila calle residencial del distrito del Vedado en La Habana, una mujer emerge de un edificio de apartamentos y se para en la puerta, posando. Lleva puesto un top de encaje negro y unos leggings de lycra rojo neón remetidos en unas botas negras de tacón alto. El color de la barra de labios y de las uñas es igual que el de los leggings, que hacen juego también con… ¡¿qué es eso que lleva en la cabeza?!... ah, sí, unos rulos súper rojos y súper grandes. "Mi ropa", dice a modo de presentación, gesticulando con un movimiento de la mano suave y elegante de las botas a los rulos, "es mi vida".

Presentamos a Maraya Shells ("¡la Única y Exclusiva!"). Habla con aforismos, normalmente entre signos de exclamación ("¡Todos tenemos derecho a ir de compras!" o "¡Somos lindas y preciosas, pero no tenemos nunca tiempo para nada!"). Parece como si la hubiera vestido Pedro Almodóvar para aparecer en algún decorado de John Waters de un imaginario Las Vegas cubano. De hecho, es el álter ego y la creación fantástica de Nadia García Porras, probablemente una de las artistas más fascinantes e inventivas de La Habana actual.

Todo esto no resulta evidente de entrada al equipo de grabación de Havana Cultura. Hemos venido a entrevistar a Nadia García Porras; sin embargo, nos recibe Maraya Shells, que insiste en que es la hermana de Porras ("Pobre Nadia, no tiene manos de princesa, como yo") y que finalmente accede a que la entrevistemos a ella… A condición de celebrar la entrevista en el apartamento de una vecina, cuya decoración es, por alguna razón, más de su gusto.

La razón se pone de manifiesto en el momento en que entramos. El apartamento, habitado por una amable señora mayor que no lleva nada de lycra, da cobijo a una extensa colección de jefes indios de escayola, enormes girasoles de plástico, figuritas de niños de porcelana y periquitos (de verdad) enjaulados. Maraya Shells nos deleita con otro gesto de la mano, trazando un arco de aprobación desde las jaulas a las reproducciones enmarcadas de puestas de sol y cataratas: "¡Todo es perfecto aquí!". No nos queda más remedio que asentir.

Cuando termina la entrevista, nos invita a la casa de al lado para que conozcamos a su "hermana", con una advertencia: "Está un poco loca, ya saben, ¡es artista!". Cuando volvemos a reunirnos, la lycra, los rulos y las botas que eran Maraya Shells parecen haberse esfumado. En su lugar nos encontramos con Nadia Porras, reclinada en un sofá de cuero, con un aspecto claramente cuerdo y con una sudadera de manga larga blanca y unos pantalones marrón claro. No hay ningún indio de escayola a la vista.

Este apartamento, con su vista desde poca altura al Malecón y el oleaje al fondo, pertenece a la madre de Porras, profesora de historia del arte. En la mesa reposa el último número de la revista de arte americana Art in America. Las estanterías están llenas de libros de arte caros (From Baudelaire to Bonnard, por ejemplo, en inglés). Lo único que desentona un poco son las fotos esparcidas en la mesa del comedor, que muestran a Porras y algunos colaboradores transportando algo grande de plástico por La Habana, sin duda para preparar alguna performance o instalación reciente.

Entonces, ¿cómo se convierte Nadia en Maraya, o viceversa? "Siempre me ha gustado el camuflaje", explica Porras. "Además, aquí en Cuba, todo consiste en aparentar. Siempre me ha gustado ese aspecto de este lugar". Mientras su álter ego es todo sonrisas y exuberancia, Porras mantiene un aire de seriedad tan convincente que es difícil saber si está bromeando. Puede que también forme parte de su camuflaje.