Fernando Pérez
Cineasta

A menudo se le describe como el cineasta más representativo del cine cubano, pero sería un error concluir que las películas de Fernando Pérez son por ello menos personales o intensas. Nació en 1944 en Guanabacoa, que en aquel entonces no era sino una pequeña aldea de pescadores al este de La Habana. Su padre, cartero, lo llevó a ver su primera película cuando tenía 6 o 7 años. Era una película del oeste y Pérez recuerda con claridad el efecto que le causaron aquellos  indios y vaqueros. "No es que me dijese a mí mismo, `ajá, voy a ser director de cine', pero empezó a haber una identificación que luego se convertiría en vocación".

Pérez empezó trabajando como aprendiz a los 17 años. Por aquel entonces, en Cuba no había escuelas de cine, así que aprendió por sí mismo, trabajando con cualquier película que pudiera encontrar. Pérez desarrolló una  aproximación cinematográfica de la realidad dirigiendo documentales para el Servicio de Noticias Latinoamericano del ICAIC. Una película de la época que aún se puede visionar es Omara (1983), que trata sobre la vida de Omara Portuondo, la legendaria cantante y bailarina cubana. Los elementos de ficción son patentes en la recreación e interpretación cinematográfica de su punto de vista.No fue hasta 1987, a los 43 años, que Pérez dirigió Clandestinos. Protagonizada por el legendario actor Luis Alberto García e Isabel Santos, Clandestinos es un romance ambientado en los últimos años del régimen de Batista. Fue seguida por Hello Hemingway, que, al igual que Clandestinos, transcurría en los años 50. Madagascar, de 1994, constituye la obra de ruptura de Pérez y la primera en atraerle atención internacional. Con una duración de apenas 50 minutos, Madagascar fue elogiada por The New York Times como "una extraordinaria meditación sobre la promesa perdida de juventud y revolución".

En sus dos próximas películas, Pérez se siguió centrando en la Cuba moderna—o más específicamente, en la experiencia de vivir en La Habana. Su obra Suite Habana (2003) fue alabada como "un homenaje inesperadamente melancólico a los habitantes de una ciudad golpeada pero con una enorme capacidad de recuperación" por la revista cinematográfica estadounidense Variety. Por su parte, la película Madrigal (2007) refleja el mundo del teatro habanero.

"Al principio, no me sentía preparado para abordar la realidad contemporánea de Cuba— recuerda Pérez—. No sentía que mi aportación fuese lo suficientemente profunda. Entre 1993 y 1994, la crisis social y económica estaba en su peor momento y no sabíamos si podríamos seguir haciendo cine. No había electricidad, no había transportes, no había comida…el país entero estaba al borde de la parálisis. Sentí que era el momento de expresar algo en nombre de mi generación y lo que surgió en Madagascar fue el principio de un lenguaje que no es totalmente realista, sino más bien metafórico. Es el tipo de cine que realmente me interesa".

¿No resulta contradictorio intentar reflejar la realidad a través de una obra de ficción? "Creo que no—explica. Soy cineasta, pero también cinéfilo, y cuando una película me atrapa por la fuerza de su narrativa, por la emotividad que desprenden sus personajes, creo en la historia, en su realidad, la absorbo. Y este es el tipo de cine que me gusta hacer, porque creo en la emoción estética y en el cine que crea emociones y deja surgir pensamientos. Cuando trabajas con emociones creas pensamientos profundos y concienciación".Nos dimos cita para la entrevista en el lobby del ICAIC, el Instituto Cubano de Arte y de la Industria Cinematográficos.

El edificio guarda incontables memorias para Fernando Pérez. Recuerda venir aquí para ver películas cuando era niño desde Guanabacoa. Echa un vistazo a los afiches cinematográficos a su alrededor y dice: "Amo a La Habana. Hay una energía que no puedo expresar con palabras. Algo pasa; siento que pertenezco aquí, me siento creativo. Querría vivir 3.000 años sólo por curiosidad de saber cómo será La Habana".