Carlos Quintana
Pintor

Algo extraño ocurre cuando Carlos Quintana se pone a pintar. Entra en un estado meditativo parecido al de los místicos sufíes que dan vueltas sobre sí mismos hasta llegar a un estado de éxtasis. Quintana, sin embargo, alcanza un lugar distinto en el que una fechoría se convierte como por arte de magia en una obra maestra. Sin embargo, la magia es sólo parte del proceso. "[Pintar] es algo físico para mí," Quintana explica a Havana Cultura, "con movimientos violentos, esfuerzo, verdad…".

Quintana pinta sobre superficies gigantescas, y no duda en darle la vuelta a sus lienzos para permitir que la pintura se riegue en nuevas direcciones. Esparce la pintura con las manos. Diluye los colores con aguarrás o con su propia saliva. "Hasta meo los cuadros a veces," afirma. "Así que, sí, interactúo con ellos en distintas formas."

Aunque se podría llegar a pensar que los cuadros de Quintana no pueden ser sino abstractos, el hecho es que del  caos gestual que caracteriza su método surge un arte figurativo. Siempre se le dio bien dibujar, y quizás los viejos hábitos son difíciles de abandonar. Los personajes de sus cuadros tienen a menudo un aire asiático, lo que resulta sorprendente. Quintana ha estado en China dos veces en su vida, la última vez con motivo de una exhibición individual de gran envergadura durante las Olimpiadas de 2008 en Pekín. Sin embargo, pintaba budas y samuráis mucho antes de poner pie en el lejano Oriente. A modo de explicación se encoge de hombros  y dice: "Supongo que la inspiración me viene de las estrellas."

Carlos Alberto Quintana Ledesma nació el 29 de noviembre de 1966 en el distrito habanero de Vedado. Sus abuelos eran analfabetas, y su madre y su padre sólo fueron al colegio hasta tercero y quinto de primaria, respectivamente. Nunca había habido un artista en la familia. Su padre era vendedor de libros.

Cuando Carlos tenía 16 años, se inscribió en la famosa Academia de Bellas Artes de San Alejandro, en la que sólo permaneció cuatro meses. "No se me daba bien estudiar," recuerda. "La escuela, la disciplina, los horarios…no los aceptaba por cosas que me estaban ocurriendo en la adolescencia." Quintana no especifica si lo expulsaron de la escuela de arte o si simplemente dejó de ir a clases, pero el resultado fue el mismo: se enseñó a sí mismo a ser pintor.

 
"Todo el mundo me trataba como si fuera algún tipo de bicho raro," recuerda. "Era un niño igual que cualquiera- tiraba piedras, me encaramaba en matas, le robaba los caballos a mi tío. Pero también tenía otras inclinaciones, otros intereses espirituales y artísticos que nadie en mi familia comprendió nunca ni valoró." La única excepción fue su tía Elena, la hermana de su padre, que supo ver el potencial de su sobrino y le prestó un cuartico en la Avenida Paseo en el que  pintaba en sábanas que robaba a su madre.

Cuando Quintana tenía 26 años se mudó a España. Mantuvo durante once años un estudio en Madrid hasta que volvió a La Habana en 2003. "Me enamoré de una cubana y sigo con ella," explica. También se ha convertido en nómada, y exhibe su obra alrededor del mundo cuando y donde tiene la posibilidad.

Aunque encontrar un lugar para pintar no plantea demasiados problemas, viajar con su obra es complicado. Una vez entraba a los Estados Unidos con dos tubos enormes que contenían sus dibujos y pinturas enrollados. "¡Ey!" le dijo un agente de seguridad del aeropuerto, "¿Qué llevas ahí? ¿Misiles?" "No," le respondió el pintor con seriedad. "Sólo es arte." Otra vez, en Venezuela, un policía analizó el dibujo en que representaba cabezas humanas  sobre bandejas- un tema recurrente en la obra de Quintana- y le preguntó si por casualidad se trataba de víctimas de homicidio.

En la primavera de 2011, Quintana se mudó a un nuevo estudio en la Avenida B en Miramar. Cuando lo entrevistamos acababa de empezar un cuadro nuevo, y personalizaba el lienzo con saliva y buches esporádicos de cerveza . También estaba ponderando la idea de mostrar su obra por primera vez en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana. La muestra, que se inauguró en octubre de 2011 y se puede ver hasta diciembre de 2012, se intitula -no sin un toque de malicia - Nada, si bien contiene mucho más de lo que su nombre indica. Para ser exactos, incluye 20 lienzos de gran tamaño que Quintana pintó en Asia, Europa y Norteamérica.