Alexandre Arrechea
Artista plástico

Alexandre Arrechea se dio a conocer como miembro de Los Carpinteros. Lo que es como decir que hizo desaparecer su nombre junto con el de sus compañeros Carpinteros, Marco Antonio Castillo Valdés y Dagoberto Rodríguez Sánchez. Los tres artistas empezaron a trabajar tras este apodo colectivo allá por 1994 y se hicieron increíble y anónimamente famosos. El Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York (MoMA), que adquirió varios de sus cuadros para su colección permanente a partir de finales de los 1990, describe así a Los Carpinteros: «A través de la autoría colectiva, los miembros del grupo se dedican a un trabajo que por definición se opone a... la ideología del genio artístico individual».

Así que, cuando Arrechea decidió dejar Los Carpinteros en julio de 2003, la pregunta era: ¿cómo se establece uno por su cuenta después de haber pasado una década oponiéndose a la ideología del genio artístico individual? La respuesta: no es fácil, pero si se trabaja lo suficiente las cosas empiezan a encajar. El primer proyecto en solitario de Arrechea fue «El jardín de la desconfianza», una instalación épica en Los Ángeles que le llevó dos años (2003-2005) desde la concepción hasta la finalización. La pieza central de la obra fue un árbol de aluminio blanqueado, cuyas ramas estaban equipadas con videocámaras –«cámaras de vigilancia», como las vio Arrechea– que grababan a los espectadores y los emitían por Internet.

«Los mecanismos de vigilancia y control»; así es como describe Arrechea el centro de atención de su obra en solitario hasta, e inclusive, «La habitación de todos» (2009), su proyecto para la X Bienal de La Habana. Lo oportuno de esta pieza es asombroso. Es una escultura de una casa que se expande o contrae en función de, respectivamente, la subida o la caída del índice Dow Jones Industrial. «Cada punto de subida o bajada del Dow Jones Industrial se reflejará en un mayor o menor espacio en las habitaciones de la casa», explicaba Arrechea en un correo electrónico poco antes de que empezase la Bienal.

Aunque su obra resuena típicamente con un sentido contemporáneo, también puede ser divertida. O inquietante. O ambas a la vez. Como la granada de mano gigante de madera que hizo con Los Carpinteros. O su fotografía de un hombre negro que lucha por llevar una carga de ladrillos blancos que ocultan su cara y oscurecen su identidad.
 
Un buen ejemplo de hasta donde es capaz de llegar en su búsqueda de la relevancia es «Mississippi Bucket» («Cubo de Mississippi»), una escultura de 9,75 por 8,5 metros que instaló en una plaza pública de Nueva Orleáns en 2008. «Esta pieza es un cubo a gran escala grabado con la forma del río Mississippi que está hecho de maderas que flotan en el mismo río», explica Arrechea. «Es un recuerdo metafórico de que lo que ocurrió en Nueva Orleáns [la ruptura del dique y el huracán Katrina] afectó al mundo y tiene que ver con todos nosotros».

Alexandre Arrechea nació en Trinidad, Cuba, en 1970 y se licenció en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana en 1994. En el momento de nuestra entrevista estaba volando con regularidad entre Nueva York —donde está preparando un ambicioso proyecto de arte público que implica proyecciones de vídeo en edificios— y Madrid, donde vive con su mujer, la historiadora del arte cubana Madeleine Arrechea y sus dos hijos pequeños, Dalia y Arturo. Durante la Bienal de La Habana Alexandre mostró sus pinturas (sí, también pinta) en un piso de Vedado situado a unas 10 manzanas de otro piso en el que él y su familia comen y duermen cuando están en la ciudad.

Por muy ocupado que estuviese durante la Bienal, Arrechea parecía estar siempre de buen humor cuando se encontraba con nosotros, siempre rápido a la hora de mostrar una sonrisa afectuosa. En contraste con la actualidad fría de su mejor obra conceptual, Arrechea tiene la risueña disposición de alguien que ha trabajado duro para hacer que las piezas encajen y que ahora es lo suficientemente afortunado para ver como lo hacen.