Agustín
Tattoo Artist

Una noche, Agustín llegó tarde a casa y se encontró un taxi esperando frente a la puerta de su piso/estudio de tatuaje. Una mujer se bajó y le dijo: "Diego quiere que le hagas un tatuaje". Agustín le preguntó de qué Diego hablaba. "Diego Armando Maradona", respondió ella. A Agustín la cosa le sonó a broma, pero le preguntó para cuándo querría hora el astro argentino. "Para ahora mismo", le espetó la mujer. "Coge tus cosas. Está esperando." Eso fue en 2004, cuando Maradona se encontraba en la clínica La Pradera de La Habana recuperándose de sus 20 años de adicción a la cocaína, adicción que había perjudicado su carrera futbolística y arruinado su salud… Y Maradona quería un tatuaje.

"Su guardaespaldas salió y me dijo que empezara a prepararlo todo", recuerda Agustín. "Entonces entra Maradona con una pelota de fútbol y ¡zas!, ¡zas!, empieza a jugar con ella. A mi se me pone la carne de gallina. ¡Joder, estoy ante el mismísimo Maradona! Entonces va y me pregunta: `¿Qué me puedes enseñar?' Y yo le pregunto que qué tipo de tatuaje quiere. `No', me responde. `Quiero varios.'"

Maradona ya había conmemorado su amor por Cuba —país donde tiene una casa y al que había viajado por primera vez en 2000 para rehabilitarse— con un tatuaje de Fidel Castro en la pierna izquierda y otro del Che Guevara en el hombro derecho. Esta vez quería algo diferente. Agustín se pasó los tres días siguientes en la clínica tatuando los nombres de las hijas de Maradona, Gianinna y Dalma, en cada uno de los antebrazos del futbolista.

Antes, en La Habana, como en cualquier otra gran ciudad, los tatuajes se consideraban desagradables y peligrosos. Hoy en día, te puedes tatuar en centros comerciales o peluquerías en Los Ángeles o Londres, pero hace 50 años tenías que irte al barrio chino, a un bar de marineros o a la cárcel.

Puede que actualmente en La Habana los artistas de tatuajes no gocen del mismo prestigio que en esas dos ciudades, pero al menos pueden autodenominarse artistas y tirar adelante.

Agustín Tattoos es probablemente el local más conocido del panorama de los tatuajes de la ciudad, pero el estudio es sorprendentemente discreto, situado en un edificio de pisos de la calle 60, en un rincón tranquilo del barrio de Buena Vista/Playa. Abajo está la sala de espera, con una mesa de billar en miniatura, sillas hinchables de color naranja, dos hombres jugando al solitario en un ordenador y una colección de estatuas de cerámica de perros, gatos, cerdos, monjes japoneses y emperadores romanos. Subiendo un tramo de escaleras, se llega a la sala donde se hacen los tatuajes, al lado de la habitación en la que duerme Agustín.

Agustín acaba de cumplir 30 años, con lo que se sitúa en la parte alta de la horquilla de edades de los tatuadores reputados de La Habana. Tenía 15 cuando hizo su primer trabajo cobrando: fue a un cliente que le pidió el tatuaje de un dragón de Mortal Kombat. "Empecé con un lápiz de tatuar casero y tinta Pelikan", explica. "Luego descubrí las máquinas de tatuar en revistas especializadas extranjeras. Mi primera máquina me la trajo mi prima, que vive en Italia. Me la regaló junto con un par de botes de tinta."

El día de la entrevista para Havana Cultura, Agustín está tatuando un par de alas en la espalda de una mujer llamada Sara. "Las mujeres jóvenes suelen venir a hacerse mariposas o libélulas", nos cuenta. "También les gustan los loros y los colibríes." ¿Y los hombres? "Símbolos tribales o signos del zodíaco: leones o cangrejos. También les gustan los demonios y diablos. Cada loco con su tema, ¿verdad?"