12th Havana Biennial (2015)
Entre la idea y la experiencia

Hay un agradable sentimiento de agitación en la capital cubana en vísperas del lanzamiento oficial de la bienal de arte de la ciudad. En la sede del evento en La Habana Vieja desborda de artistas, estudiantes, voluntarios y conservadores que parlotean alegremente u ocupados con preparativos de último minuto como, por ejemplo, abrir enormes cajas de transportes ante el desconcierto de los oficiales de aduana. La fuerte presencia de prensa y coleccionistas extranjeros es otro síntoma más de la fiebre mundial por todo lo cubano tras el anuncio de relaciones normalizadas con los Estados Unidos hace seis meses.

A unas cuadras, el artista Humberto Díaz pone los toques finales a su proyecto Alta tensión. A menudo citada como una de las propuestas más audaces de la Bienal, la instalación consiste de una torre de alto voltaje cuya base ha sido instalada en el patio de un edificio colonial que alberga el Centro de Desarrollo de Artes Visuales y que sobrepasa la azotea del edificio. Nada en el edificio pudo ser alterado para acordar la instalación debido a su calificación de monumento histórico. Los espectadores se verán expuestos al sonido de una torre de alto voltaje, lo que genera una sensación de peligro e incertidumbre.

No muy lejos, en la Plaza de Armas, los transeúntes miran boquiabiertos cómo un hombre travestido entra solemnemente a una jaula en la que permanecerá encerrado 60 horas mientras documenta sus alrededores en sábanas de algodón. Titulada La Perla Negra, esta performance del artista indio Nikhil Chopra reflexiona sobre el aislamiento de Cuba, entendido desde un punto de vista geográfico, económico, cultural o político. Del otro lado de la plaza, en la biblioteca municipal, el joven artista argentino Eduardo Tomás Basualdo ha enlistado un grupo de personas para turnarse leyendo en voz alta de obras de la biblioteca esperando toparse con la palabra utopía. “Esto es una especie de oficina de la búsqueda de la utopía”, explica Basualdo.

Una de las primeras noches del evento, una muchedumbre elegante tomó el Museo Nacional de Bellas Artes para la inauguración de Wild Noise [“sonido salvaje”] — una exhibición resultado de un intercambio con el Bronx Museum of the Arts que destaca noventa obras que abordan una serie de cuestiones internacionales, sociales y culturales—. Holly Block, directora del Bronx Museum y conservadora de la exposición, mantiene que, a pesar de la falta de contacto, La Habana y el Bronx comparten una serie de características — paisajes urbanos, culturas alternativas… — y estresa la importancia de mejorar el conocimiento sobre el arte contemporáneo estadounidense en Cuba.

En la Plaza de la Catedral, una tórrida tarde de sábado, una multitud expectante de visitantes y autóctonos observa a un grupo de jóvenes encaramados sobre zancos formar el símbolo persa del infinito en el que se crea un nuevo espacio al juntar dos círculos a la vez que hacen un escándalo con instrumentos de percusión. Se trata de una performance de una de las figuras más esperadas de la Bienal, el artista italiano Michelangelo Pistoletto, Según Pistoletto, esta performance, titulada El tercer paraíso, adquiere un significado particular en Cuba, un país enfrentado al enorme desafío de reconciliar visiones diametralmente opuestas. “La verdadera revolución ha de convertirse en evolución”, dice Pistoletto.

Más periférica, la intervención del artista Daniel Buren en el pueblecito pintoresco de Casa Blanca consistió en renovar la estación del tren Hershey con rayas verticales de 8,7 centímetros de ancho. También estampó su firma en los portales de edificios dañados de Centro Habana como una forma de inducir una nueva conciencia del patrimonio arquitectural de la ciudad, oculto por su mal estado actual. “La gente se verá obligada a caminar y, al andar, es la ciudad lo que se descubre”. Para aquellos con un interés particular en el arte cubano, las fortalezas de la ciudad, El Morro y Cabaña, sirven de sede a una macro exposición titulada Zona franca con obras realizadas mayoritariamente a lo largo de los últimos cinco años por unos doscientos artistas cubanos. La instalación de Arles del Río, La necesidad de otros aires, que consistía en docenas de tubos de buceos colgando del techo, parecía atraer particularmente la atención de los asistentes. En la exhibición titulada En el centro, tres artistas — Adrián Rumbault, Camilo Villalvilla y Julio Ferrer — experimentan superponiendo iconografía y símbolos de distintos contextos ideológicos, culturales, geográficos y económicos.

En lo que a la popularidad entre la población local se refiere, el premio se lo lleva Detrás del muro— una exhibición al aire libre que ocupa el largo del Malecón. Toda La Habana parece estar ahí para la inauguración y a los más pequeños no sólo se les permite sino que se les anima a tocar y escalar muchas de las instalaciones mientras que los adultos ponen sus smart phones a buen uso y disfrutan de un concierto de jazz al aire libre. “¡Es como una gran fiesta de barrio!”, exclama una turista estadounidense. “Notros le ponemos cuerdas a todo; ¡no te puedes acercar!”.