11a Bienal de La Habana

Algo extraño pasa en el Paseo del Prado. Hay bailarines que marchan—o más bien se deslizan y giran—en la principal avenida colonial de La Habana con máscaras que les cubren el rostro, plumas en la cabeza y un grupo de músicos a la cola que toca cornetas y marca el ritmo con tambores, cascabeles, sartenes y cualquier otra cosa que haga bulla. Lo que resulta realmente extraño es que todos los figurantes lucen trajes oscuros—no se adivina ni una mota de fucsia—, y ninguno sonríe, lo que resulta en que esta procesión parezca más un funeral que un carnaval. Es como un remake de una celebración del Día de los Reyes, de esas que han estado ausentes del Paseo durante más de 100 años. Hay otra cosa: todo el mundo se mueve hacia atrás.

Resulta que este extraño desfile es una performance titulada Conga irreversible y maquinada por Dagoberto Rodríguez y Marco Castillo, que conforman el dúo Los Carpinteros. Y es precisamente la forma adecuada de inaugurar la Oncena Bienal de La Habana: no con un discurso en un museo, sino con un golpe de calle.

La manifestación más reciente de la importante feria de arte cubana, que tuvo lugar del 11 de mayo al 11 de junio de 2012, se había fijado como objetivo llevar el arte a la calle y a la gente. En realidad, el equipo de conservadores expresa su meta de una forma un poco distinta en el programa de la Bienal: "Consideramos apropiado dedicar esta oncena edición a la evaluación del comportamiento de la relación entre la producción visual y el imaginario social". Independientemente de que sepamos lo que quiere decir, podemos asegurar que (a) gran parte del arte exhibido en La Habana— obra de 180 artistas provenientes de 45 países—fue emocionante y participativa; y que (b) requirió una buena dosis de correteo.

Después del insólito desfile del Paseo del Prado, visitamos a J.E.F.F. (José Emilio Fuentes Fonseca), uno de nuestros artistas cubanos preferidos en la sombría columnata delante del Gran Teatro de La Habana. Le está dando los toques finales a una parte de su contribución a la Oncena Bienal de La Habana: una gigantesca escultura de metal de una niña rosada con trenzas rubias y botas negras de combate que parece un cruce entre un juguete y una muñeca hinchable. Tiene contratado a varios dependientes que llevan sombreros con la inscripción "J.E.F.F." y delantales en los que se lee "Blanco y siempre dulce" para vender algodón de azúcar. J.E.F.F. tuvo que importar las maquinas de algodón de México, lo que él considera una ironía si se tiene en cuenta la importancia del azúcar en la historia e identidad de Cuba.  El artista resaltó que la venta de algodón de azúcar es una alusión a la supresión parcial de las restricciones que pesaban sobre la empresa privada, así como una referencia al reto al que se enfrentan los artistas cubanos de encontrar nuevas fuentes de financiamiento.

Una de estas fuentes es precisamente el Proyecto de Artes Plásticas Havana Cultura, creado recientemente para atribuir becas a artistas cubanos emergentes. Los primeros artistas en beneficiarse del programa mostraron su trabajo en una exhibición colectiva paralela a la Bienal de La Habana titulada Un olor que entra por mi ventana. En la apertura de la exposición en mayo, un grupo de artistas, espectadores, celebridades y curiosos se agolparon en la galería del Museo del Ron Havana Club. Las obras en exhibición incluían desde la impactante serie de retratos de adolescentes cubanos del fotógrafo Alejandro González hasta la escultura de un motero peludo que parece hecha de espuma de afeitar.

De vuelta en el Gran Teatro, en el interior de mármol de este monumento colonial, nos encontramos con Lorena Bosi, Magdalena Pagno y Fernanda Carrizo, jóvenes artistas argentinas que hacen su primera aparición en La Habana. En una pared hay un afiche diseñado por estas tres mujeres conocidas colectivamente como Mujeres Públicas. El afiche nos interpela: "Si el 8 de marzo es el Día de la Mujer, ¿qué pasa el resto del año?". Si esto nos hace pensar en la obra de otro grupo artístico femenino, las Guerrilla Girls de Nueva York, es precisamente porque los manifestantes cambian, pero la manifestación continúa.

En Vedado, en la intersección de la Calle 3 y E, un descampado se ha convertido en la sede de una instalación titulada Ciudad generosa. Trece estudiantes del Instituto Superior de Arte trabajaron bajo coordinación de su profesor, el artista René Francisco Rodríguez, como parte del proyecto colectivo "Cuarta Pragmática". Su Ciudad generosa requirió que cada artista imaginase una utopía urbana. Fidel Yordan Castro, de 22 años, imaginó (y construyó) una estructura hexagonal que se parece al mecanismo cilíndrico de un revólver. Dice que se trata de un homenaje a los hexágonos que aparecen en "La Biblioteca de Babel", el relato de Jorge Luis Borges.

El Instituto Superior de Arte es conocido por formar generación tras generación de artistas cubanos de alto nivel. Durante la XI Bienal de La Habana, no obstante, el campus del ISA, situado en la esquina noroccidental de la ciudad, se convirtió en el centro de operaciones de dos de los principales artistas-estrella de la Bienal. El mexicano Gabriel Orozco reclutó estudiantes de arte para que lo ayudasen a limpiar las ruinas de la Escuela de Ballet, que originalmente debía formar parte del complejo del ISA, pero que quedó inacabada en 1961. Entre los escombros, los visitantes pueden detectar las figuras cuidadosamente dibujadas por Orozco y los alumnos: ondas de tierra en el cemento; baldosas rotas apiladas en una esquina y círculos de basura dispuestos para absorber rayos de sol que se penetran por un techo agujereado.

Del otro lado del complejo del ISA, en las infinitas extensiones de césped—antes de la Revolución, el terreno del ISA albergaba un country club—, se desarrolla otro tipo de arte. Hermann Nitsch, el legendario fundador del movimiento accionista austríaco, planificó una performance con la ayuda de los alumnos de música del ISA. En un escenario improvisado, los estudiantes saquean los restos de un cerdo y se riegan las entrañas en sus cuerpos desnudos a la vez que unos altoparlantes emiten una música que posiblemente intente revestir el acto de un carácter religioso (o no). La performance, 135 Aktion, no es tanto un festín para los sentidos como un ataque dirigido a los mismos. (Puede que el pescado podrido también haya tenido algo que ver.)

A lo largo del Malecón, hallamos aire fresco y un arte que huele mejor.  Casi tres kilómetros de instalaciones coordinadas por el conservador Juan Delgado Calzadilla y el Cuban Arts Project se extienden entre los dos extremos del paseo marítimo. El nombre de la exposición es Detrás del muro pero, como era de esperar, las interpretaciones variaron mucho entre los 30 artistas que participaron, en su mayoría cubanos. Duvier del Dago, uno de los artistas cubanos emergentes más interesantes, construyó una réplica en papier-mâché de los antiguos cañones americanos que se ven en la Fortaleza del Morro en la bahía. Los cañones de Duvier se han pintado para evocar la anatomía de un cuerpo humano partido por la mitad. Más adelante nos encontramos con la instalación de Rachel Valdés Camejo, Happily Ever After N° 1, un espejo rectangular frente al mar.

Enfrente del Hotel Meliá Habana, en un espacio interior entre dos edificios de oficina, Jorge Luis Santana instaló un periscopio azul que sobresale de la acera. Una placa en el periscopio nos dice que la obra se llama Perspectiva (2012) mientras que un ojo de cristal rota como si pudiese fijarse en una persona en concreto.

Después nos dirigimos a la inauguración de Sueño de verano (el horizonte es una ilusión) de la artista Glenda León. La exhibición tiene lugar en el edificio FOCSA, que una vez fue un complejo de apartamentos de lujo y es todavía el edificio más alto de Cuba. Nos encontramos con Glenda León al borde de la piscina. Su instalación consiste en un mapa que detalla las calles de Miami en un lado de la piscina y un mapa de La Habana en el otro. Desde el lado de La Habana, rechazamos la invitación que nos extiende la artista de meternos al agua y nadar hasta "Miami".

Para cambiar de ambiente, nos dirigimos al Museo Nacional de Bellas Artes a ver algo de arte en un museo.  La serie Cuando caen las fronteras de Abel Barroso viene conformada por paisajes urbanos, máquinas de pinball y refugios de pájaros construidos todos con una madera ligera y fácilmente rompible. Su mensaje parece ser que las fronteras nacionales—independientemente de lo rígidas que puedan parecer—son, de hecho, construcciones frágiles. En la muestra Puentes de Sandra Ramos, hallamos un puente cubierto con fotos de nubes y una fotografía aérea de Miami en un extremo y una toma de La Habana en el otro.emer El espacio de 90 millas que divide los Estados Unidos y Cuba puede que haya sido una fuente de tensión y sufrimiento estos últimos 50 años, pero también ha proporcionado a los artistas mucho sobre lo que reflexionar.

Si hay un lugar en la ciudad que puede ser designado como el centro de operaciones de la Bienal, se trata del Centro Wilfredo Lam en La Habana Vieja.  Ahí es donde los conservadores y sus equipos gestionan todo tipo de asuntos mientras que la emoción artística se desarrolla mayoritariamente en otros lares. Sin embargo, da la casualidad de que uno de las muestras imprescindibles de la Bienal tiene lugar en la segunda planta de este edificio. Nos quitamos los zapatos y pisamos con cuidado un suelo recubierto de alfombras-trampantojo Hay siete de ellas y cada una reproduce una sección de una acera habanera, incluyendo las rajas, manchas de chicle y logos de tiendas por departamentos desaparecidas.

En el complejo Pabexpo, mejor conocido por sus ferias de comercio y conferencias de negocio, hallamos argumentos particularmente convincentes a favor del arte cubano y sus exponentes. Todos los grandes nombres se encuentran reunidos, incluyendo Alexandre Arrechea, the brothers Capote (Iván y Yoan), Los Carpinteros, Liset Castillo, Raúl Cordero, Roberto Diago, José Manuel Fors, René Francisco Rodríguez, Carlos Garaicoa, Aimée García, Kcho, Glenda León, Reynier Leyva Novo, René Peña, Carlos Quintana, Niels Reyes y Esterio Segura. Apreciamos en particularel "océano" de vidrio de Roberto Diago que cruje bajo nuestros zapatos mientras caminamos sobre él.

"La Bienal de La Habana es una gran fiesta esta vez", nos comenta Diago a pesar de que ya nos habíamos dado cuenta. Carlos Garaicoa reitera: "No creo que el arte se trate únicamente de exhibir. También se trata de organizar buenas fiestas".
Una de las mejores fiestas de la Bienal fue el espectáculo que organizó Havana Cultura en el Salón Rosado Benny Moré (aka La Tropical). Unas 2000 personas llenaron el espacio de conciertos exterior para escuchar a la Havana Cultura Band—integrada por Roberto Carcassés, Danay Suárez Alexey, Edrey, Osdalgia y DJ Simbad—mientras que Gilles Peterson, Edgaro y Wichy mezclaban.

Ahora que la Oncena Bienal ha finalizado, estamos expectantes de ver cómo se comparará la próxima edición. Esta cita artística internacional ha sido realmente pionera al trasladar el arte al exterior hacia rincones inesperados de la ciudad, demostrando una vez más que el arte contemporáneo cubano no tiene nada que envidiar al mejor arte que se hace en cualquier otro lugar del planeta. ¿Qué artistas cumplirán con las expectativas generadas en 2012? ¿Cuáles emergerán y darán de qué hablar en 2015? Estas cuestiones se las dejamos a los laboriosos organizadores de la XII Bienal de La Habana y todavía tienen tres años para reflexionar. —Randall Kora